Resumen:
Las redes sociales y la inteligencia artificial se han configurado como entornos digitales de alta complejidad que inciden de manera relevante en la salud mental. Su utilización intensiva o desregulada se relaciona con cambios en sistemas neurobiológicos asociados a los procesos de recompensa, atención, regulación emocional y control cognitivo. La literatura científica describe la activación del sistema dopaminérgico frente a estímulos sociales digitales, así como modificaciones en la corteza prefrontal vinculadas al autocontrol y variaciones en la red neuronal por defecto que favorecen patrones de uso reiterativo. Del mismo modo, fenómenos como el refuerzo intermitente, la comparación social en línea y el FOMO contribuyen al mantenimiento de conductas repetitivas y a una mayor vulnerabilidad emocional, al incentivar la búsqueda constante de validación y la exposición a modelos idealizados. En el ámbito clínico, el uso excesivo de redes sociales se asocia con la presencia de síntomas ansiosos y depresivos, alteraciones del sueño, dificultades en la atención y manifestaciones cercanas a conductas adictivas. A nivel neurobiológico participan distintos sistemas funcionales, entre ellos el circuito mesolímbico dopaminérgico, la corteza prefrontal, la amígdala y el sistema noradrenérgico, además de procesos de plasticidad sináptica que contribuyen a la formación y consolidación de hábitos. Asimismo, la interacción frecuente con chatbots y agentes conversacionales puede favorecer la dependencia emocional, el aislamiento social y cambios en la dinámica de la relación terapéutica. Persisten, sin embargo, vacíos importantes en la investigación, especialmente en la distinción entre uso adaptativo y problemático, el estudio longitudinal de sus efectos y la identificación de factores de riesgo y protección.
En conjunto, las redes sociales y la inteligencia artificial funcionan como moduladores del funcionamiento psicológico y cerebral, con capacidad para influir en procesos afectivos, cognitivos y motivacionales.